Una de las películas más recordadas de Peter Weir. Como hiciera un año atrás en Único Testigo y como un año después bordaría en El Club de Los Poetas Muertos, Weir plantea una especie de fábula social con personas de grandes ideales que también conllevan grandes vulnerabilidades.
Repite con Harrison Ford, genial en el papel del visionario Allie Fox, ejemplo claro del espíritu emprendedor norteamericano. Fox ama tanto a su país, que se marcha ante la decadencia de los años 80 y los tintes que comenzaba a tomar la guerra fría. Arrastra consigo a su numerosa familia en busca de la utopía perdida, en un lugar virgen, ajeno a los males que infectan el mundo civilizado. Comete sin embargo, el típico error colonialista: importar un modelo conocido en lugar de entender y respetar lo desconocido. Antepone también sus ideales no ya a su vida, sino a la de sus seres queridos.
No es fácil generar la sensación frustrante de quien acaba un buen libro y le gustaría que el escritor hubiera seguido con la historia. Querríamos estar allí, dejarlo todo y construir una nueva civilización en medio de la selva…y luego acompañar a esa familia a la deriva, en una balsa que ha perdido su timonel principal. Puede que en la película, de tanto buscar la moraleja, al final sea algo forzada o demasiado pomposa.
Como anécdota, esta película fue el primer encuentro de la pareja formada por el malogrado River Phoenix (que ese mismo año haría la inolvidable Stand by me) y Martha Plimpton (Cartas a Iris, Beautiful girls). Dos años después y algo más crecidos, confirmarían su historia de amor (a nivel personal también) en Un lugar en Ninguna Parte.

